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24 may. 2013

No te equivoques: la literatura no debe ser realista sino verosímil

Como lector de originales, en mi mano caen cada mes del orden de 10 manuscritos que todavía no han visto la luz. El 90 % de ellos jamás lo hará. La razón principal de tamaña criba es que la mayoría de gente que envía un manuscrito a un premio literario comete faltas de ortografía muy flagrantes, y ni siquiera domina los signos de puntuación.

La segunda razón, normalmente, es la falta de verismo.

Sin embargo, este último problema tiene otro subproblema menos evidente: que suele confundirse verosimilitud con realismo. Si pudiéramos escribir una novela muy realista, seguramente sería insufrible.

Pensemos exclusivamente en sus diálogos. Los diálogos demasiado realistas, exasperan. Intentad leer de corrido las transcripciones del caso Watergate (la transcripción del texto completo de los diarios es de casi 750.000 palabras) y descubriréis que, aún siendo diálogos reales, no resultan verosímiles: parecen interpretados por robots o por retrasados mentales. Y son tremendamente aburridos porque están jalonados de circunloquios, correcciones, idas y venidas, reiteraciones, frases que no concluyen, respuestas que quedan en el aire… en fin, lo que sucede en un diálogo real en la vida real.

Otro ejemplo bastante popular de la historia del cine es el de una escena muy concreta de la cuarta parte de la saga de Indiana Jones: El reino de la calavera de cristal. La escena corresponde a una explosión nuclear, a la que Indiana Jones sobrevive porque se refugia en el interior de una nevera (que además sale volando por los aires a causa de la onda de choque).

Muchos fans de la saga reclamaron explicaciones al director por perpetrar una escena tan poco verosímil. Esta sensación también la tuvo el director, Steven Spielberg. Así que George Lucas le preparó un completo dossier sobre las probabilidades de sobrevivir a una explosión de esas características en una nevera. Cuentan que el dossier medía unos 2,5 cm de canto, y en él se justificaba que, si la nevera estaba todavía precintada, o nueva como salida de la fábrica, y teniendo en cuenta que Indiana no se rompiera el cuello con el golpe cuando el electrodoméstico se estrellara contra el suelo… se podía sobrevivir a esa escena.

Pero no importaba. Aunque en realidad pudiera sobrevivir, no resulta verosímil que lo haga. Porque bien cierto es que la realidad supera muchas veces a la ficción. Si la gente suele creerse la realidad es porque se presenta como realidad (en las noticias de la tele, en un periódico, en un ensayo), pero si sabemos de antemano que lo presentado es ficción, entonces ya no nos creemos lo mismo que creeríamos en otro soporte de no ficción.

Porque la ficción tiene sus propios códigos. Porque los diálogos tienen su propio ritmo, y resultan extrañamente fluidos. Porque esperamos que se cumplan ciertos estereotipos en la personalidad del protagonista. Porque los hechos anómalos son juzgados por el inconsciente de forma mucho más severa. Es mucho más irreal que un profesor de historia se dedique, en las horas libres, a vivir aventuras con un látigo en el cinturón... pero lo que le chirrió al público es que Indy sobreviviera en aquel frigorífico.

Así que tenedlo en cuenta la próxima vez que escribáis un cuento o una novela. No busquéis que lo escrito parezca apropiado para figurar en una noticia del periódico, literalmente. Sino que reelaboradlo para que encaje dentro de los códigos narrativos inconscientes de vuestro público potencial. Para que sea, en suma, narrativamente verosímil.

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